Después de tantas corrupciones
y sinvergüencerías en la política,
el común decente
se ha acostumbrado
al escándalo diario; a lo que
no estaba habituado, por ser
menos frecuentes, en lejanos
tiempos pasados.
“ En todas partes cuecen habas “,
se afirma como disculpa; pero es
inconcebible que lo notorio
o sospechoso no llegue a los oídos
de las cúpulas dirigentes, cuando
es comidilla entre la normal gente.
Se hace caso a lo que interesa,
si sirve para zaherir al contrario;
mientras se ignora o minimiza
lo que ocurre en
el campo propio.
Cuando los casos se judicializan,
hay aspavientos y forzadas muestras
de acatamiento a
lo que pronunciarán
las sentencias judiciales.
De todos modos, si el condenado
puede “ tirar de la manta “ o prestó
destacados “ servicios “ al Gobierno,
será acreedor al indulto, si tiene
la
boca callada o, en el segundo supuesto,
como premio por la entrega “ leal”.
Y así pasan los días, viendo pasar
la podredumbre sin parar.