Está claro que el presidente Sánchez
no arroja la toalla, no quiere irse,
por mal que le vengan dadas.
Su permanencia en el cargo,
además de su obsesión enfermiza
por el poder, es el salto con
paracaídas para no darse de morros
ante una eventual acción judicial
que en el futuro le lance al vacío.
Ante ello, la oposición nacional
de derechas, si quiere apearle del
sillón,
tiene que actuar con cabeza, dejar
de
aguijonearse y tener presente quién
es
el adversario a abatir.
Mientras PP y VOX no sumen mayoría
absoluta en unas
elecciones generales
y se entiendan
las cabezas de ambas
formaciones, habrá menos
probabilidades
de cambio del régimen sanchista
instalado.
Las izquierdas y los separatistas
tragarán
carros y carretas, cargados de
concesiones
y regalías, antes de ver a la, para ellos,
“ fascista bestia negra “ gobernando la Nación.
Con buena voluntad se podrían limar
las
asperezas entre PP y VOX. Feijóo sigue en
su
línea moderada. Abascal la acuñó de
“derechita
cobarde “, siguiendo en sus trece y,
últimamente,
ha emprendido una extraña andadura,
prescindiendo de valiosos
dirigentes.
Sánchez, desde su cuestionado liderazgo,
fomenta el “
divide y vencerás “, que haya fricción
entre PP y VOX; abono para su resistencia de
manual.