Fe y duda suelen acompañarse,
son compañeras de viaje al
cuestionarse sobre la trascendencia,
a la vida después de la vida.
¿ La hay o no ? El interrogante
se plantea, incluso, entre quienes
se aferran a la Fe por asumida
convicción o para eludir el
vacío de la nada.
El don gratuito de la Fe debe
cultivarse para que arrecie en el
interior y prevalezca sobre las
vacilaciones y dudas que embargan,
con frecuencia, a la condición humana.
Desde la humildad se admite la
poquedad y las limitaciones para
alcanzar la verdad absoluta,
confiando
en la benignidad y el favor del Ser
Supremo, para que la duda deje de
inquietarnos y podamos cantar con
alborozo : “ La muerte no es el
final
del camino “.
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