En puertas de la Semana Santa,
recordando el sacrificio cruento del
Crucificado, para remisión de los
pecados de la humanidad, el
arrepentimiento por las culpas
cometidas lleva a implorar:
“ Perdón, oh Dios
mío,
Perdón e indulgencia,
Perdón y clemencia,
Perdón y piedad.
Pequé, ya mi alma
su culpa confiesa,
mil veces me pesa
tanta maldad...”
Pese a la sentida contrición, se
reincide en las faltas, volviéndose
a pedir el divino perdón, que el
Padre piadoso nunca niega.
Él conoce las debilidades y
flaquezas
humanas, alentando con Su infinita
misericordia a superarlas, siendo
reconfortante saber que no faltará
cuando, con sincero corazón, se
pida.
La contemplación de la Cruz sobrecoge,
pensando en la entrega sin reservas
del Clavado en Ella. Inescrutable
misterio,
que sólo se puede atisbar desde la Fe.
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